(Dedicado a la T.S Vanina “Te vendo los clavos más caros del mundo sin el menor remordimiento” García)Como muchos lectores habrán detectado en post anteriores (anteriores a la muestra gratis de demencia temporal de los cuentos esquizoides), no me gusta ir al gimnasio. Mi principal argumento para no internarme en ese contubernio de secreciones sudoríparas y efusiones de humanoides vapores, fue y sigue siendo, la irritante presencia de Arjona en los parlantes. (Luego de la muerte de la negra Sosa, su voz se escuchó gratamente en todas las radios, espero que Arjona no se muera nunca). Se suma a la lista de excusas no gimnásticas, la presencia de un efluvio humano no vaporoso en el ambiente, inodoro, pero igualmente pernicioso para la salud síquica, llamado narcisismo. Soy absolutamente escéptico de aquellos o aquellas que aseveran que van al gimnasio porque los hace sentir bien. Imaginemos que frecuentar estos locales de masacre corporal implicase engordar, envejecer, arrugarse, lacerarse la piel, convertirse en pescados o que nuestros miembros se encogiesen, pero que aún así nos sintiésemos bien. Patrañas! vamos al gimnasio porque colabora a nuestra estética, eso es lo que nos hace sentirnos bien y no la inconmensurable tortura física al que exponemos nuestros amados cuerpecitos.

A pesar de ese cúmulo de razonamientos que mi preciada siquis me facilitó, esta semana empecé el gimnasio. Cuando era estudiante, los sesenta pesos de la cuota agregaban una contundente excusa para alejarme de esos antros, pero este miércoles hice la inversión más absurda de mi vida. Le pagué a un sádico musculoso para que me torture en vida. Fue un acto de arrojo y una muestra del escaso poder que tienen la razón sobre la voluntad. He aquí una pequeña reseña del infierno vivido las últimas 32 horas de mi ahora miserable existencia:
Miércoles, 16:05 hs : Asisto al local de ejercitación mecánica. No pasan a Arjona en la radio, hay si, una somera música bolichera de fondo, pero nada perturbable. Realizo una serie de ejercicios físicos que no me demandan demasiado esfuerzo. Los vahos no se sienten, las instalaciones cuentan con una abundante ventilación que oxigena el ambiente apropiadamente. Las personas que asisten a este lugar parecen ser agradables, tienen por supuesto, chichones por todo el cuerpo, pero no es algo que me atormente, de hecho han alguna vez pertenecido a la misma talla que yo. Culmino la sesión y voy a casa bajo la advertencia del entrenador sobre los dolores posteriores.
Miércoles, 23:16 hs: No siento, además de un leve cansancio, ninguna apreciable muestra de dolor. Juego al voley, regreso extenuado a casa y luego duermo plácidamente.
Jueves, 8:10 hs: Despierto. Mis párpados se levantan con pesadez. Estoy conciente pero mi cuerpo parece no advertirlo. Ciertas señales eléctricas se envían desde mi cerebro hasta los receptores nerviosos del resto de mi organismo con baja o nula respuesta. En un intento por incorporarme, los músculos de mis abdominales se tensan. Me desvanezco.
Jueves, 8:23 hs: Despierto por segunda vez ante el desmayo ocasionado por el intenso dolor. Me duele todo. Reflexiono inmóvil sobre el concepto de todo. ¿Que es todo? ¿Incluye partes de mí que ignoro poseer? ¿Es válido nombrar como propios músculos cuya existencia desconocía por completo hasta este triste momento en el que los siento como punzadas indescriptibles en alguna indefinible parte de mí? Me consuelo pensando que, aunque parapléjico, me estoy conociendo mejor a mi mismo.
Jueves, 9:13 hs. Logro incorporarme empleando la mitad de las energías que tenía reservadas para el resto del día. El proceso de izarme a mi mismo ha sido muy complejo y sería tedioso de describir, pero digamos que luego de girar a lentas revoluciones, he logrado llegar hasta el borde de la cama, estirar una pierna hasta el suelo, arrodillarme en el piso en posición de rezo y luego incorporarme con la ayuda de mis débiles y temblorosos brazos.
Jueves, 9:30 hs. Bañarme fue algo relativo. El agua caliente colaboró un poco con el proceso, pero estirar mis dolientes extremidades para congregar el jabón con los más recónditos parajes del resto de mi cuerpo, fue una tarea increíblemente dolorosa.
Jueves, 10:09 hs. Llegar al trabajo en auto ha sido casi más difícil que hacerlo a pie. No solo maniobrar el ahora sumamente pesado volante ha sido una tarea sanzónica, a eso se agrega que, poner la segunda marcha, me ha demandado la acción conjunta de ambas manos, con la peligrosa consecuencia de la ausencia de una de ellas en el volante, el cual debió ser manipulado por mis piernas, dando lugar a una serie de arriesgados defasajes en las funciones respectivas de mis miembros sobre los comandos del automotor.
Jueves, 15:43 hs. No sé como hice para almorzar y descolgar la ropa del tendedero. No lavaré los platos, me merezco una siesta. Seguramente el sueño amainará esta tortura.
Jueves, 17:08 hs. Despierto, trato de incorporarme, me desmayo.
Jueves, 17:12 hs. Despierto, trato de incorporarme, me vuelvo a desmayar.
Jueves, 17:15 hs. Despierto, trato de incorporarme, me desmayo por tercera vez. Me despierto, vomito sangre, lloro.
Jueves, 18:30 hs. Me tomo un Aktrón, le pido ayuda a la kioskera para llevar el vaso de agua hasta mis fauces. Ejecuto mis movimientos en cámara lenta y pienso cada uno de ellos con una precisión ajedrecística para no desperdiciar energía. Teclear parece doler. Hay objetos fuera de mí que me duelen: el escritorio, la silla, la lámpara. Podría jurar que me arde la puerta.
Jueves, 23:20 hs. Ceno, lavo los platos y leo un rato en la cama. Me duermo profundamente, sueño cosas raras dignas de otro post. Mañana todo habrá pasado y recordaré estas horas como un mal sueño, valga la redundancia.
Viernes, 8:10 hs. Suena el despertador, lo odio y odio mi vida. Siento que me arrojaron de un barranco de granito y una vez tendido sobre el duro asfalto, un doble acoplado Escania de 18 toneladas me aplastó, hizo marcha atrás y pasó por sobre mi humanidad unas 10 veces más hasta asegurarse de que ya no exista. Me pregunto si estaré con vida, si esto es el infierno, pienso en las cosas malas que hice y como debí arrepentirme a tiempo de mis horribles pecados.
Viernes, 11:56 hs. Siento que la gente me observa por mi manera de caminar y de realizar cada acción. Todo lo hago en cámara lenta. Cada vez que levanto el brazo de manera tal de formar un ángulo mayor a 30º, se me pianta una lagrimita que termino enjugando con la lengua al llegar a la comisura. Mi vida es miserable. Odio el universo, quisiera tener mis sesenta pesos de vuelta y gastarlos en un buen asado y un vinito caro.
Viernes, 15:14 hs. Me acuesto a dormir la siesta, no soporto estar en pie un minuto más. Le ruego al dios del sueño que me otorgue sanidad o al dios de la muerte que haga de este fugaz descanso uno eterno.
Viernes, 15:50 hs. Suena el despertador. Lo apago y revoleo. Digo en voz alta que odio el despertador. Debo volver al gimnasio pero no puedo, no quiero, me niego. ¿En qué clase de infeliz me he convertido para someterme recurrentemente a semejante tortura en vida?
Viernes, 16:15 hs. Estoy en este lugar de nuevo. Hace calor. No sé como me levanté de la siesta y me movilicé hasta acá. El entrenador se burla de mi condición (les dije que era sádico el petizo) y me aplica una serie de ejercicios o simulaciones de muerte en vida. La música bolichera me taladra la sien, los mamuts chichoneados se bambolean salpicando sudor por doquier del establecimiento y sonriendo como imbéciles, la tele solo muestra los goles de San Lorenzo, que fueron dos.
Viernes, 23:55 hs. Escribir este post no me ha liberado de ningún dolor. Creo que he perdido la poca lucidez que tenía, mi leve inteligencia la he sudado y solo soy un amorfo ser que teclea arbitrariamente. Tengo miedo de dormir y despertar en repetidos desmayos. Siento que han ultrajado cada uno de mis músculos. Pienso que tal vez se escucha Arjona en algunos gimnasios para que el cerebro se distraiga del dolor físico y atienda solo las hemorragias neuronales. No te mueras nunca Ricardo, te necesitamos.