jueves 3 de diciembre de 2009

Desengaño


Querido lector: Inauguramos una nueva sección del blog donde un pibe de apellido Cámara saca las fotos (ya sé, es gracioso) y un servidor escribe usando la asociación libre. Que les sea leve.



Hola mi amor. Antes que nada, gracias por los cigarrillos que me mandaste. Acá adentro la nicotina se vuelve imprescindible.


Lamento mucho lo de tu mamá. El relojero tampoco tiene la culpa de haberse enamorado de otra mujer, menos tratándose de Adelaida, una mujer tan linda y con tanto dinero. Yo jamás te engañaría con otra, sos lo único que tengo mi amor. Siempre te digo que en lo único que pienso es en vos y en nuestro encuentro tan planeado, tan esperado.


El sábado durante una revisación le conté al cabo Morales sobre nosotros. Se puso muy contento por mí y me dijo que me iba a conseguir unas flores para regalarte cuando salga. ¿Te gustan las lilas no? Por mi ventana se ve medio de coté, un balconcito. Hay una mujer mayor, a veces pienso que podría ser tu mamá, que riega las plantas todas las mañanas a la hora que el sol me llega a la cara. Me asomo y veo unas flores hermosas, no se distingue si son o no lilas, pero para mi que sí porque son muy lindas y además me hacen acordar a vos.


Tengo una buena noticia para darte, iba a esperar más pero la verdad que no me aguanto. Parece que la final el juez me va a dar la condicional por buena conducta. ¡Por fin vamos a encontrarnos mi amor! Esto me pone muy feliz pero tengo mucho miedo. Yo sé que nunca antes nos vimos, tal vez me rechaces por mi apariencia… el otro día se armó un remanso y me bajaron otro diente. Decí que lo encontré y me lo metí en el bolsillo, capaz que afuera consiga que me lo implanten de nuevo.


Tengo muchas ganas de que vayamos juntos a tomar helado como siempre charlamos. Me muero por probar todos esos gustos nuevos que inventaron en los últimos veinte años.


Bueno mi amor, mejor termino esta carta que en un rato pasan a buscar el correo. Te mando por fin una foto mía. Es un poco viejita pero es la única que tengo, me la sacó un chico de barba unos días antes del robo. Espero que te guste. Nos vemos pronto. Saludos a Ramona.



Con amor: Raúl.



lunes 23 de noviembre de 2009

Menos Diez (IV y última parte)


Una mañana Zampala amaneció junto a una barba pelirroja. A su vez Demetrio Selzer abrió los ojos y reconoció una pelada familiar. -Soñé que descubríamos el secreto de la apariciones- dijo el ingeniero mientras se sacaba las lagañas. -Yo también- dijo el doctor al tiempo que se acomodaba el calzoncillo que había sucumbido en los intersticios posteriores. Se quedaron unos segundos en silencio hasta que el doctor rascándose la barba comentó bostezando: -Recuerdo claramente la euforia de haberlo descubierto, pero no puedo evocar cuál era la solución- . Con el dedo índice en la comisura en señal de reflexión, el ingeniero respondió: -Ajá… igual yo, que curioso-. Ambos se miraron, abrieron enormes los ojos y gritaron loas al unísono. Se incorporaron y abrazados comenzaron a saltar sobre la cama como dos colegiales.


Laurita, la hija del panadero, despertó esa madrugada junto al que resultó el amor de su vida: Raulito “Corcoveo” Gaitán, un joven enemistado con las letras, pero diestro para las artes del puño. Días atrás, este morocho ciclópeo, había vencido sobre el polígono de cuerdas al campeón provincial, el peso pesado: Rubén “Cerbatana” Pedernera, un gringo de 120 kilos, famoso por sus escupidas letales. En el ’67 noqueó a un contrincante antes de la pelea, atinándole un chicle bazooca en la frente a doscientos kilómetros por hora, causándole una conmoción cerebral que le duró tres días. Algunos aseveran que la velocidad del impacto fue de trescientos, otros escépticos anuncian que es imposible estimar dicho valor y el enfermero que lo atendió sospecha que el retador se habría desmayó del asco nomás. A pesar de las disputas, “Corcoveo” era el indiscutible vencedor sobre “Cerbatana” y esa misma noche, Laura soñó que había una pelea en el club de los albinos Graciani y que Raulito, que también soñó lo mismo, con un ágil movimiento de cintura esquivaba un escupitajo de colmillo del insalubre campeón, para luego noquearlo sorpresivamente con un terrible cross derecha.



Así, muchos amantes descubrían su vocación de tales. Otros reconocían, en la coincidencia onírica, la culminación del amor, como Elvira y el farmacéutico, quienes soñaron días atrás que firmaban el divorcio sobre la espalda del escribano Garisetti, mientras paseaban en una góndola por el pluvial de barrio Lodito.


Desde entonces, amanecer con alguien significaba compartir algún destino. Las declaraciones de amor se hicieron más expeditivas, así como la consumación del mismo, dados los atajos que brindaban las circunstancias. Algunos amantes negaban haber soñado con el otro por vergüenza, hasta que luego de dos o tres mañanas de coincidencias, no les quedaba otra que asumir sus sentimientos por el insistente compañero de catre.



Dichas confluencias soñadoras fueron el reemplazo indiscutido de los clasificados. La mayoría ya no compraba el diario y sencillamente aguardaban amanecer con el comprador de su auto o encontrar el empleo que anhelaban. Estos últimos postulantes, se acostaban de traje, corbata y unas pastillas de eucalipto en el bolsillo, listos para la entrevista de trabajo. Algunos se ahorraban el pudor de tener que llamar a una agencia de acompañantes y esperaban descaradamente amanecer con una dama que les ofrezca sus servicios venéreos. Este rubro tuvo poco éxito ya que era común soñar con mujeres más bellas y económicas que las disponibles en el mercado.



Algunas veces se combinaban los miedos de algunos con la maldad de otros. El taxidermista Amadeo Bermejo, soñó que le entraban a robar y cuando abrió los ojos se vio apuntado con un cañón treinta y ocho manipulado por un ladrón que había soñado que le robaba y que, dadas las facilidades para el atraco, tuvo la delicadeza de esperar por lo menos que se despertase para cometer el ilícito. Algunos maledicientes apuntan que el ladrón se quedó en la cama por el temor que le infundía el número de alimañas disecadas a su alrededor.



Como el intuitivo lector habrá ya conjeturado, uno de los mayores desafíos residía en la improbabilidad de inducir el sueño deseado. Mínimas veces uno sueña lo que quiere. El retirado director de teatro, Álvaro “Tablón” Ferreyra, advirtiendo esta dificultad, se asoció con el dueño de la hostería “El catre volador” y ambos fundaron el IPLIS: Instituto para la Inducción del Sueño, popularmente llamado: albergue de sueño transitorio. Se contrataron los servicios del parasicólogo Alberto Faisán Núñez, el cual aseveraba poseer técnicas de hipnosis que promovían el sueño indicado por el cliente. Los interesados llenaban una ficha con las especificaciones oníricas. A la semana de inaugurado, el instituto fue clausurado por la DEA, luego de que se descubriera el uso de estupefacientes que eran diluidos en los expendedores de agua.



Era tal la avidez por consumar un sueño, que fueron varios los casos de personas que amanecían juntos sólo por haber soñado que soñaban lo que querían soñar. Ante este afán frenético por lograr la coincidencia onírica, los habitantes de Carcarañá Bulampa aumentaron sus horas de descanso en detrimento de las horas laborales. La gente gastaba el poco dinero que producía en: somníferos, drogas alucinógenas y consultas a chamanes y videntes quienes les garantizaban la somnolencia deseada.



A la falta de coincidencias temáticas, se sumaba la improbabilidad temporal, es decir, que concordase la noche en que los involucrados soñaban lo mismo. Al tratarse de un evento regido prácticamente por el azar, los parroquianos de los bares y las viejas almaceneras comenzaron a malgastar sus míseros centavos en apuestas clandestinas basadas en los sucesos oníricos. Ya no se apostaba a un número que representaba un sueño, sino que el sueño mismo era la quiniela. El fraude no tardó en concretarse luego de que muchos fueran descubiertos metiéndose en camas ajenas para alegar coincidencias y cobrar lo jugado.



Había llegado un punto en que simplemente despertar con la persona soñada no era emoción suficiente. Resultaba frustrante la falta de los elementos exóticos que caracterizan los eventos oníricos. Esta conjunción de desengaños promovió el desinterés paulatino por el sueño y la gente amainó su dedicación de pernoctar para dedicar más tiempo a concretar sus ilusiones y anhelos. El pueblo de Carcarañá Bulampa recobró su pujante economía y aprendió a vivir con el hecho de que de vez en cuando alguien amanecía en una cama ajena.



Durante muchos años Elvira se cuestionó su segunda aparición en un lecho foráneo. En aquel sueño solo estaban ella, el licenciado Berreteaga y Fruncitelli, los tres jugando al chinchon. Según la teoría de la cohabitación de los sueños, carecía de explicación haber amanecido en la casa de la vieja Murúa ya que la misma no participaba en la partida. Una mañana se la encontró en la panadería de Quilín comprando vigilantes y le pregunto sobre aquella noche. La vieja le contó: -Soñé que estaba agachada en un lugar muy oscuro y con un penetrante olor similar al roquefort. Detrás de lo que parecía una cortina se escuchaban voces agitadas, risas, cánticos de marinero y golpes sobre madera. En esa penumbra palpé unas piernas peludas que me recordaban a mi finado marido, el comisario. Otras piernas eran más regordetas y un tercer par eran las de una mujer, que al parecer, se depilaba apenas más que el resto. Me desperté cuando alguien golpeó la mesa debajo de la que me encontraba, al grito de “menos diez”-.


FIN

domingo 15 de noviembre de 2009

Menos Diez (III y anteúltima parte)

Estimado y paciente lector, prometo que falta poco para develar el misterio.

A pesar de la no comprobación fehaciente respecto al origen sonambular de las apariciones, las autoridades insistieron en las medidas y la brigada de los búhos grises continuó patrullando las calles en busca de sonámbulos. Hubo quien observó que la brigada continuó con las tareas para justificar sus andanzas nocturnas. Una noche, el búho cabo Arnaldo Estévez, se durmió en el bar del tuerto Pereyra y amaneció abrazado del caño de stripers de una wiskería clandestina. Cuando se lo sometió a interrogatorio, el cabo alegó encontrarse en una misión como infiltrado para desbaratar el local de mala vida, pero haberse encontrado altamente alcoholizado esa noche y puesto el traje oficial de búho (con las orejeras y todo), le restó credibilidad a su coartada y fue inmediatamente destituido de La Fuerza.

La primera semana de anunciada la epidemia de sonambulismo, la gente estaba muy alterada. Muchos temían por su seguridad. Unos de los casos casi fatales que se registró fue el de una señora que amaneció en la cama del Fakir Abdul Baahrût, que dados sus fracasos como prestidigitador, ahora era el dueño de una casa de empanadas. En realidad, según lo explicara el licenciado Berreteaga en el programa de televisión “La borra”, los temores de las personas no estaban tan fundados en el daño físico que pudiera ocasionarles el provisorio compañero de cama, sino que temían ser descubiertos en su intimidad, sus costumbres nocturnas, su cara de amanecido, su mal aliento, su aspecto en ropa de cama, etc, cuestiones cotidianas que ponían de manifiesto sus temores más primitivos. En el mismo programa, el parasicólogo Alberto Faisán Nuñez, sostuvo que el licenciado era un charlatán, que en realidad se trataba del temor a las fuerzas ocultas y remató su injuria llamándolo “gordo ignorante cabeza de sol de noche”. A dicho epíteto, el licenciado que todavía venía guardando la calma, reaccionó revoleándole el asa de una tasa gigante de chapadur que formaba parte del decorado. Ambos fueron detenidos. Tras compartir algunas noches de calabozos se hicieron amantes y a los meses juntos abrieron un consultorio polirubro.

La comunidad científica de Carcarañá Bulampa, integrada por eminencias como el doctor Dimitri Selzer, el ingeniero Zampala, el esposo de Elvira y tres estudiantes húngaros de intercambio, (al licenciado Berreteaga lo expulsaron por conducta indecente), analizaron durante semanas el fenómeno con el fin de detectar parámetros entre las transmutaciones nocturnas que permitieses generar algún tipo de ley, pudiendo predecir luego el lugar de la aparición. Cada uno de los integrantes de este pseudo grupo científico planteaba una conjetura:

1) El ingeniero Zampala aseguraba que entre los transmutados debería haber algún tipo de compatibilidad física, es decir que deberían tener el mismo peso para que se mantuviesen en equilibrio las fuerzas estáticas. El planteo fue refutado con el argumento de que las posibilidades de las coincidencias eran limitadas, aludiendo al caso de la gorda Farías que amaneció en la cuna de un bebé de tres meses. Por suerte el infante despertó en la cama vacía de sus padres.

2) El doctor Selzer decía que los transmutados deberían compartir la misma patología. Esta teoría fue aniquilada cuando el esposo de Elvira trajo a colación que no siempre existía una transmutación, es decir, algunas personas no se movían de sus camas, otras aparecían en camas vacías y en algunos casos aparecían más de tres personas en una misma cama. Luego, el farmacéutico planteó la siguiente posibilidad:

3) Que fuese un proceso totalmente aleatorio regido por la variación de un campo electromagnético. El defasaje de este campo era producto de la incompatibilidad de jurisdicciones de las compañías de celular, debido a que el pueblo se encontraba, como ya se explicó, en el límite exacto entre dos provincias.

4) Luego de dicha conjetura los estudiantes Húngaros comprendieron porque no estaban cobrando la cuota de sus becas. Plantearon la ínfima idea de que las personas aparecían en camas donde alguna vez desearon amanecer e inmediatamente se fueron a la pensión donde vivían, hicieron las valijas y se volvieron a su país.

5) Detrás de una puerta escuchaba escondido el licenciado Berreteaga, el cual no se pudo contener y gritó que los aparecidos amanecían en la cama de aquél con el cual compartían un mismo trauma.

6) En ese momento el parasicólogo Faisán Núñez se asomó desde atrás de una cortina y anunció que una fuerza superior, tal vez alienígena, estaba preparando nuestras chacras y que pronto todo el pueblo sería teletransportado a otro mundo. No terminó de pronunciar la frase cuando el ingeniero le revoleó una silla al grito de “rajá de acá parásito esquizoide”.

Infructíferas fueron las especulaciones de la comunidad científica. Al mismo tiempo La Iglesia, consternada por un posible brote de lascivia, organizó una cadena de oración para evitar que la sociedad se corrompiese. La mayor preocupación surgió en el convento de las carmelitas del Santo Callo Gregoriano, donde el mismo Padre Guzmán repartió cinturones de castidad entre las hermanas. Dicen que algunas se olvidaban “involuntariamente” de cerrarlos con llave.

En la comisaría estaban realmente inquietos por la condición teletransportable de los reclusos. Se sometieron a los mismos a una serie de medidas carcelarias adicionales, incorporando cadenas y grilletes, pero la medida no funcionó. El riesgo de huída se minimizó incorporando a los potenciales fugitivos unos collares de monitoreo satelital. Algunos fallaban según se creía, debido al defasaje de los campos electromagnéticos que planteó el farmacéutico. Luego se descubrió que la culpa la tenía el oficial Morales, que descargaba las pilas de los collares empleándolas en su Walkman. Inmediatamente se le ofreció el retiro voluntario y se le obsequió un mp3.

A pesar de las sospechas respecto a las conexiones venéreas que pudieran establecerse entre los durmientes, fueron pocos los casos denunciados y menos aún los confesados. El hecho era que amanecer al lado de un desconocido no inducía precisamente la lujuria. El estado en el que despertamos es generalmente uno de lo más miserables. Por lo tanto, lo que se fue estableciendo fue una progresiva confraternidad matutina. Los habitantes de Carcarañá Bulampa se empeñaron en incrementar sus dotes de anfitriones cambiando las sábanas más seguido y hasta algunos fueron cambiando sus colchones y camas desvencijadas. Durante las mañanas que duró este fenómeno de teletransportación matutina, se desarrollaron intensas relaciones entre gente desconocida mientras compartían un mate con criollos. Ese estado de vulnerabilidad con la que amanecemos colaboraba sustancialmente en la creación de relaciones más saludables, ya que además es el momento del día en el que nos mostramos tal cual somos.

Una de las ventajas de amanecer con un interlocutor reviste en la capacidad de recordar los sueños. A medida en que la gente comenzó a contarse los sueños se descubrió algo sorprendente.

Continuará....

lunes 9 de noviembre de 2009

Menos diez (II parte de varias más)

Lector: Esta es la segunda parte de un cuento que empezó con la primera. Asi que no sea negligente y lea primero esta última, es decir, la primera parte. (Al decir "esta última" me refiero a la primera parte que no es la última, es un recurso literario para no repetir "la primera", que dados los esfuerzos por explicarme termino repitiendo aquella palabra que quise evitar repetir en primer lugar, asi como ahora repito incansablemente la palabra "repetir")
La mano que había maniobrado el interruptor de la luz fue lo primero que Elvira vio desde atrás del cartón de leche. Esa mano no era la del Rodrigo, ni la de su marido. Entonces comprendió lo que había sucedido y un temor familiar la hizo soltar la caja de leche. Nunca un envase lácteo reventó con un sonido tan atroz. Las dos mujeres gritaron al unísono. Los perros comenzaron a aullar. Antes que la mujer impactara contra el piso en su desmayo, Elvira ya había saltado el alambre tejido de la medianera y huía en dejá vu campo traviesa, haciendo flamear su camisón violeta, el cual simultáneamente se arremangaba para aumentar la capacidad de tranco. Corrió unas tres cuadras sin mirar atrás y se detuvo extenuada para orientarse y tomar aire.

Cruzando las vías del tren, divisó una figura humana que se asomaba desde un yuyal. Elvira, que era fácilmente dominada por lo impulsos chimenticios y cuya inminencia le brindaba una agilidad instantánea, raudamente saltó una tapia y se escondió para contemplar mejor dicha aparición nocturna. Reconoció a Laurita, la hija de Quilín, el panadero, que corría desahuciada en tanguita procurándose penumbras que la protegieran del escándalo. No ser la única en paños menores a esa hora, la alivió un tanto. Más tarde cuando llegara a su casa y rememorara aquellos hechos, daría cuenta, con mayor sensatez, de la extraña situación en la que se encontraba la hija del panadero. Deambular en ese estado implicaba una circunstancia extraordinaria. Tratándose de un romance furtivo, ninguno de los implicados abandonaría el lecho vegetal sin, por lo menos, acarrear con él alguna prenda que lo proteja del amor seco y de la chusma.

A esta altura, Elvira no era la única que se encontraba especulando sobre lo ocurrido. Laurita, recobrados el aliento y la indumentaria, barajaba, con la mirada perdida y en la mano una trincha de francés, hipótesis explicatorios respecto al defasaje de lecho ocurrido esa misma madrugada. Los antecedentes de sonambulismo en la familia justificaban la teoría más factible. Era famosísima la historia cuando encontraron a su tío Aníbal durmiendo en la plaza, subido al caballo de San Martín abrazando y babeando al Libertador. La historia no hubiese trascendido tanto si esa mañana no coincidiese con el acto del 17 de Agosto. No hay cena de ex egresados en la que no se aluda a las pantuflas rosas y al gorrito de boca del tío. Gracias a Dios, Aníbal era de dormir con piyama, costumbre que le inculcó su esposa para aminorar los bochornos de su deambulación nocturna, aunque la cábala del gorrito xeneise trascendía toda vergüenza ajena.

Las apariciones en lechos foráneos, comenzó a manifestarse con mayor frecuencia en Carcarañá Bulampa. Los aparecidos, por prudencia y apocamiento, procuraban mantener estos hechos en total reserva, pero la noticia comenzó a esparcirse como reguero de pólvora por cuestiones obvias. La mujer que sorprendió a Elvira procurándose una infusión láctea de medianoche, se trataba de la vieja Murúa, la viuda de un ex comisario. Gracias a que la vieja se levantó sin los lentes, no logró reconocer a Elvira, pero de todas formas realizó la correspondiente denuncia en la comisaría. El único dato que pudo aportar era sobre el camisón violeta, prenda que fue inmediatamente teñida de negro la misma tarde en que Elvira se enteró del hecho. Gracias a una serie de denuncias, varios durmientes fueron detenidos, pero liberados inmediatamente debido a que el atuendo en el que eran sorprendidos justificaba un acto de sonambulismo. No faltaron aquellos delincuentes que comenzaron a perpetrar sus actos de criminalidad, vistiendo piyamas o calzoncillos, como coartada en caso de ser apresados. Pero esta modalidad criminal cayó en desuso dada la incompatibilidad de la indumentaria con los alambres de púas y las bajas temperaturas nocturnas.

El fenómeno de las apariciones nocturnas foráneas, o como se dio en llamar luego: “Patalanismo camuflado”, trascendió definitivamente cuando el afilador Alberto “Tramontina” Domínguez, apareció en el programa televisivo esotérico “La Borra”, testimoniando sobre una abducción alienígena. Su relato detallaba los pormenores que caracterizaban a estos ominosos seres. Según su narración, amaneció el 14 de enero en una cama observado por dos extraterrestres de cabelleras blancas, torsos hinchados, límpidas cejas, y enormes genitales negros del tamaño de dos riñones de vaca. Minutos más tarde se comunicaron al programa los hermanos Graciani para desmentir el relato. Eran dos albinos, dueños de la escuela de boxeo “Puños Blancos”. Esa mañana uno tenía colgados los guantes y el otro usaba una pechera acolchonada.

A partir de entonces las autoridades sanitarias de la ciudad, declararon estado de emergencia y emitieron una serie de medidas preventivas, bajo la excusa de una epidemia de sonambulismo. En realidad, el jefe del hospital local, el doctor Dimitri “Mayonesa” Selzer, sospechando de la infidelidad de su mujer, aprovechó la ocasión para convencer al intendente Pascutti sobre las medidas. Las mismas contemplaban: cerrar con llave la puerta de entrada, trabar ventanas, colocar trapos de piso humedecidos en los umbrales, ajustar bien las sábanas, usar ropa de cama decorosa y colgarse en el cuello un cencerro, sonajero o maraca. El cotillón “El pomo disidente” se benefició sustancialmente con esta última medida, como suele suceder con ciertos rubros gracias a las medidas estatales. Estas disposiciones se acompañaron con una guardia permanente de vigilantes que recorrían las calles. Se creó para tal fin una brigada especial bautizada “Búhos Blancos”, denominación que fue cambiada a “Búhos Grises” luego de que los albinos Graciani se quejasen por discriminación.

Pero el diagnóstico de “epidemia sonambular” se derrumbó la primera madrugada luego de adoptadas las medidas. Se comprobaron cientos de casos de apariciones, cuyas transferencias de catres no fueron atestiguadas por los Búhos Grises, dos de los cuales además, aparecieron en camas ajenas tras haberse dormido durante la guardia.
A esta altura se asumía que un fenómeno paranormal estaba ocurriendo en Carcarañá Bulampa, arrasando todo escepticismo e insomnio.

(continuará)

lunes 2 de noviembre de 2009

Menos diez (I parte)


Carcarañá Bulampa era un apacible pueblo agrícola ubicado en plena pampa húmeda en el límite entre Córdoba y Santa Fe. Nunca se pudo determinar su jurisdicción, ya que la línea divisoria coincidía con la calle principal que atravesaba el pueblo. Durante mucho tiempo las autoridades realizaron censos anuales para detectar de que lado había más población y así determinar la provincia que más prevalecía. Algunos gobernadores habían llegado a financiar emprendimientos urbanísticos para inducir volumen poblacional a sus jurisdicciones y así especular con los comicios. Pero por más intentos, Carcarañá Bulampa crecía con una fractal simetría, con el tiempo los gobernadores perdieron interés y la financiación inmobiliaria cesó. Así el pueblo recobró su tranquilidad y la ventaja de no tributar a ninguna provincia. Se convirtió en una localidad casi fantasma, a tal punto que los topógrafos dejaron de incluirla en los mapas para no enfrentar acciones legales. A falta de influencia estatal, los partidos comenzaron a perder fuerza y daba lo mismo votar por cualquiera, así fue como en 1955 se fundó el unipartido: “Frente monárquico popular” cuyo presidente era el doctor Emilio Garrafal Pascutti, el cual fue intendente desde el ’55 hasta su muerte en el ’79, año fatal en que se atoró con una costillita.
Al no haber disputas políticas y no existir presión tributaria, lo poco que se producía en el pueblo gracias a la agricultura, alcanzaba para vivir con tranquilidad y abundancia.


Pero dicho estado de solaz se vio interrumpido durante el verano de 1969 por una serie de hechos extraordinarios que relataré a continuación.

Una calurosa mañana de diciembre, doña Elvira, la esposa del farmacéutico, se despertó aturdida y desorientada. Miró a su alrededor y no reconoció las cortinas. Giró para despertar a su marido que roncaba locuazmente y cuando tocó su hombro detectó un pelaje que le resultó ajeno. Un miedo asfixiante la paralizó, su corazón golpeteaba agitadamente. Quiso gritar de desesperación, pero como en las peores pesadillas, su voz no emitió sonido alguno. Buscó debajo de la cama las pantuflas y al no hallarlas se levantó de un salto y corrió hasta la puerta. Tanteó un pasillo, recorrió un living impropio y penumbroso donde se estranguló un meñique con la mesita ratona. Intentó abrir una puerta que parecía la de calle pero la halló cerrada. Abrió una ventana, saltó por ella pisoteando las flores del cantero y corrió hasta su casa mientras sollozaba, flameando su camisón violeta en todo su esplendor.


No le contó esto a nadie. Transcurrió el día procurando dilucidar el misterio, pero ninguna respuesta le parecía coherente. A la siesta mientras su esposo dormía, luego de lavar los platos, Elvira agarró la bicicleta, se puso unos lentes oscuros y comenzó a recorrer el pueblo en busca de la casa donde había amanecido esa misma madrugada. Recordaba claramente la noche anterior. Luego de cenar con el licenciado Berreteaga, jugaron una manito de canasta, tomaron una copita de anís y pasadas las doce, luego que el licenciado contase algunas historias de la conscripción, se fueron todos a dormir. El volumen de bebidas espirituosas acumulado no justificaba una pérdida tal de la conciencia que la llevase a ignorar su destino nocturno. Recordaba, en su juventud, haber bebido unos coñacs de más con su marido, la noche en que especulaba la engendración de su primerizo, el Rodrigo.


Elvira se detuvo frente a una casa amarilla de rejas blancas y unos pisoteados gladiolos en el cantero bajo ventana. Reconoció una bincha floreada tirada en el patio. A la mujer de ruleros que la saludaba desde el porche, la vio unos segundos después de salir del trance. Era Paulina, la señora de Rubén Guzmán Fruncitelli, el que les vendió el seguro del Renault 18. Nunca sospechó que debajo de aquellas glamorosas camisa y corbata, se alojase tal espeluznante mata de pelo humano. Se sorprendió al estar pensando eso frente a Paulina, quien ahora dejaba de agitar su mano y miraba a Elvira con gesto desconcertado. La esposa del farmacéutico, vuelta en sí, saludó fugazmente a Paulina y huyó de la escena del aparente crimen para no levantar más sospechas. Al subir agitada la escalera del departamento, convenientemente ubicado arriba de la farmacia, recordaba con pertinente escalosfrío la bincha y los gladiolos.


Minutos después, mientras tomaba unos mates amargos con su marido, se preguntaba si aquel hombre lampiño pero robusto a quien había jurado amor eterno y que ahora chupaba la bombilla con desaprensión, no sospecharía del nerviosismo que evidenciaba su supuesta infidelidad. Elvira no asimilaba por qué habría de haberle sido infiel. Analizaba bajo los efectos de qué alucinógeno habría cometido semejante imprudente acto. Revisaba minuciosamente los hechos del día anterior: las recetas que había despachado, los blister acomodados, en busca de algún indicio sobre contactos con sustancias intoxicantes. Cabía la ominosa sospecha que el licenciado Berreteaga le hubiese disuelto alguna en su anís, pero: ¿Con que finalidad si no la de arrastrarla hacia su propio lecho? A menos que existiese algún acuerdo entre él y Fruncitelli. No había nada que se asemejase a una estrategia de conquista. De haber existido algún complot para derivarla a lechos ajenos, debería implicar la complicidad de su marido o la intoxicación simultánea del mismo para lograr su posterior rapto. La única motivación que podría implicar la complicidad de su marido, era aquel dinero que el licenciado le ganó una noche al chinchón y que su marido nunca pagó bajo el argumento de que no se puede cortar con más de siete.


La tarde transcurrió agitada en la farmacia y la hora de dormir llegó rápido, no así el sueño. Caviló durante horas pero finalmente el cansancio le ganó. Soñó que jugaba a las cartas con el licenciado y con Fruncitelli. Ambos vestían camisones violetas, el licenciado Berreteaga acompañaba el atuendo con una bincha que era en realidad un mapamundi. Ella en lugar de cartas tenía un manojo de gladiolos marchitos. Se despertó justo cuando Fruncitelli cortaba con menos diez y el licenciado no era más él, sino un marinero belga. En la oscuridad tanteó las pantuflas, se las calzó y fue hasta la cocina. Se sentía algo mareada. Abrió la heladera y tomó unos sorbos de leche fría directo del cartón. Extrañada dijo en voz alta “Que raro, La Serenísima”. En ese preciso momento alguien encendió la luz.
Continuará...

domingo 25 de octubre de 2009

Vida, obra y tornería del gran mudo Fabiolo


El sueño del mudo Fabiolo fue desde siempre, cantar como barítono en el Coro de Agrimensores de Portugal. Se pasaba largas horas acuclillado frente al fonógrafo, escuchando con apasionado frenesí los volúmenes que su abuelo trajo en su paso por dicho país. Fabiolo nació de nalga un 8 de Julio de 1966 en el imaginario pueblo de Harrington, ubicado en el interior de la real provincia de Buenos Aires, real no por su pertenencia a sangre monárquica, sino para darle a este cuento la pequeña dosis de credibilidad que hará que, el incauto lector, prosiga con la lectura, aferrado a la vana esperanza de la existencia de dicha localidad y sus personajes. El pueblo en donde Fabiolo vio por primera vez la luz, debe su nombre a un ingeniero inglés que trabajaba en los ferrocarriles: Johan Louis Salpicret Harrington era un modesto ingeniero que se enamoró de la empleada de la oficina de telégrafos, la bella: María Laura Exacerbación del Señor Ludeña. Juntos tuvieron tres hijos. El menor, Rigofredo Reynaldo Salpicret Harrington era el padre biológico de Fabiolo. Lo abandonó a los tres años de edad para formar parte de un grupo de música tropical itinerante llamado “Los Mugrientos de Bulnes”, los cuales habían actuado esa noche en el club municipal y huido esa misma madrugada con el monto de la recaudación y del buffet. En aquel entonces, Rigofredo era el tesorero del club, hecho que restó credibilidad a los motivos de su fuga, que explicaría años más tarde en una carta dedicada a su abandonado y ahora mudo hijo. La incapacidad locuaz de Fabiolo, como lo especificó el licenciado Silvio Jarana Lopez, tenía su fundamento patológico en el trauma ocasionado por la desaparición temprana de su padre. La mamá de Fabiolo diligentemente suplantó la figura paternal de su hijo. Pasados algunos meses luego de la desaparición de su esposo, la mamá de Fabiolo, (la cual, convenientemente a las tareas narrativas llamaremos Lucrecia) comenzó a frecuentarse con el secretario del club, el licenciado Jarana Lopez. Muchos aseguran que no fueron meses los que transcurrieron para que esta relación entrase en vigencia, sino simplemente días. Otras lenguas más insidiosas sugieren que la consumación de la relación se dio lugar en la trastienda del escenario la noche misma del concierto. Mientras que algunos pacientes del licenciado Jarana Lopez agregan que el encuentro amoroso no habría sido bilateral, sino que implicaría a un tercer participante, que se trataría ni más ni menos que del manager de la banda. Esta última versión carece de credibilidad por tratarse de un rumor elucubrado por los inestables pacientes del Licenciado, el cual tenía mejor prestigio como amante fugaz, que como terapeuta.


A la lista de reemplazos de figuras paternales de Fabiolo, se fueron agregando durante el transcurso de los años, varios nombres de la pequeña pero contundente comunidad de Harrigton. Lucrecia descubrió que sus dotes amorosos, a falta de otras virtudes y dadas las circunstancias económicas de la familia, podrían brindarle al joven Fabiolo un futuro más promisorio, tal vez una educación para que llegue a ser ingeniero como su abuelo o por lo menos, cerrajero como su finado tío Eusebio, asesinado a cuchillo en una trifulca por violación de domicilio. Fabiolo descartaba aquellos destinos y daba a entender, mediante su escaso lenguaje de señas, cual era su verdadera vocación. Gracias al nuevo emprendimiento empresarial de Lucrecia, nuestro personaje creció rodeado de innumerables figuras paternales que aportaban su granito de arena a la cuota alimentaria del muchacho.


Al cumplir los 12 años su madre lo envió a estudiar a la escuela de torneros de la ciudad vecina de Guanaco Manco, famosa por sus fiestas patronales. Todos los 10 de Diciembre se celebraba en dicha localidad, la Enquistación del Martir Venancio Galván Fulaí, un cura emigrado desde el Paraguay, al cual se le atribuye el milagro de convertir el vino de la Consagración, en agua mineral. Este milagro inverso, es refutado por la comunidad anglicana, que asevera que el padre se habría robado el vino para animar una fiesta privada celebrada detrás del altar, aprovechando la visita de las bailarinas de una comparsa de Guleguaichú. Por supuesto, que dada la escasez de prodigios de las comunidades del interior, la mayoría de los fieles rechaza las hipótesis protestantes y promueven las sincréticas fiestas conmemorativas del mártir, para las cuales el pueblo se regodea en bailes, comparsas y una indiscriminada ingesta de bebidas espirituosas evocando el milagro de aquel entonces. Las extenuantes jornadas culminan en el balneario municipal, donde los fieles hacen la plancha en estado de coma alcohólico.


Fabiolo resultó asombrosamente diestro para las tareas de torneado y siguió empeñado en su vocación de barítono. Una tarde, torneando una manivela de pastalinda, sufrió un accidente que le cambió la vida para siempre. Al no fijar adecuadamente la pieza, ésta salió despedida y le propinó una traqueotomía limpia e instantánea. Según el parte del veterinario que lo atendiera, el licenciado Luis Aguilar Malfresado, la combinación entre la malformación de su tráquea y el torrencial flujo de adrenalina suministrado a su sistema neurológico, hizo que Fabiolo Harrington recuperase el habla. El muchacho poseía una voz privilegiada. Como observaría años más tarde el afamado crítico de ópera Héctor Rubín Granzapietra: “El tenor y caudal de su voz poseen la virtud de embravecer a cualquier alma mansa y de amansar a cualquier fiera fiera”.


Fabiolo triunfó en los más prestigiosos foros internacionales como barítono y recorrió el mundo entero deslumbrando multitudes. Tras su debut en el teatro de Nápoles, en el cual hizo resquebrajar el cielorraso con un portentoso do de pecho, el periódico local “Il Postino” lo apodó “Il bambino qui raja il chieloratzo del cuore”. A partir de ese día, el Sindicato Italiano de Yeseros, emitió una resolución en la que, cada matriculado deberá tatuarse una manivela de pastalinda y una cuchara de albañil cruzadas, en el antebrazo derecho.


Fabiolo, hoy está retirado en su mansión del mediterráneo, la cual comparte con su anciana madre, una meretriz soprano llamada Lola Lastratti y cuatro marsupiales holandeses de ceja ancha que deambulan saltarines por sus vastos jardines.


Nunca pudo cumplir su sueño de pertenecer al Coro de Agrimensores de Portugal, pero la frustración no prosperó. Se anotició más tarde, con infantil desengaño, que las voces verdaderas pertenecían a un humilde coro budista prusiano.

sábado 10 de octubre de 2009

El error más grande de mi vida


(Dedicado a la T.S Vanina “Te vendo los clavos más caros del mundo sin el menor remordimiento” García)

Como muchos lectores habrán detectado en post anteriores (anteriores a la muestra gratis de demencia temporal de los cuentos esquizoides), no me gusta ir al gimnasio. Mi principal argumento para no internarme en ese contubernio de secreciones sudoríparas y efusiones de humanoides vapores, fue y sigue siendo, la irritante presencia de Arjona en los parlantes. (Luego de la muerte de la negra Sosa, su voz se escuchó gratamente en todas las radios, espero que Arjona no se muera nunca). Se suma a la lista de excusas no gimnásticas, la presencia de un efluvio humano no vaporoso en el ambiente, inodoro, pero igualmente pernicioso para la salud síquica, llamado narcisismo. Soy absolutamente escéptico de aquellos o aquellas que aseveran que van al gimnasio porque los hace sentir bien. Imaginemos que frecuentar estos locales de masacre corporal implicase engordar, envejecer, arrugarse, lacerarse la piel, convertirse en pescados o que nuestros miembros se encogiesen, pero que aún así nos sintiésemos bien. Patrañas! vamos al gimnasio porque colabora a nuestra estética, eso es lo que nos hace sentirnos bien y no la inconmensurable tortura física al que exponemos nuestros amados cuerpecitos.
A pesar de ese cúmulo de razonamientos que mi preciada siquis me facilitó, esta semana empecé el gimnasio. Cuando era estudiante, los sesenta pesos de la cuota agregaban una contundente excusa para alejarme de esos antros, pero este miércoles hice la inversión más absurda de mi vida. Le pagué a un sádico musculoso para que me torture en vida. Fue un acto de arrojo y una muestra del escaso poder que tienen la razón sobre la voluntad. He aquí una pequeña reseña del infierno vivido las últimas 32 horas de mi ahora miserable existencia:

Miércoles, 16:05 hs : Asisto al local de ejercitación mecánica. No pasan a Arjona en la radio, hay si, una somera música bolichera de fondo, pero nada perturbable. Realizo una serie de ejercicios físicos que no me demandan demasiado esfuerzo. Los vahos no se sienten, las instalaciones cuentan con una abundante ventilación que oxigena el ambiente apropiadamente. Las personas que asisten a este lugar parecen ser agradables, tienen por supuesto, chichones por todo el cuerpo, pero no es algo que me atormente, de hecho han alguna vez pertenecido a la misma talla que yo. Culmino la sesión y voy a casa bajo la advertencia del entrenador sobre los dolores posteriores.

Miércoles, 23:16 hs: No siento, además de un leve cansancio, ninguna apreciable muestra de dolor. Juego al voley, regreso extenuado a casa y luego duermo plácidamente.

Jueves, 8:10 hs: Despierto. Mis párpados se levantan con pesadez. Estoy conciente pero mi cuerpo parece no advertirlo. Ciertas señales eléctricas se envían desde mi cerebro hasta los receptores nerviosos del resto de mi organismo con baja o nula respuesta. En un intento por incorporarme, los músculos de mis abdominales se tensan. Me desvanezco.

Jueves, 8:23 hs: Despierto por segunda vez ante el desmayo ocasionado por el intenso dolor. Me duele todo. Reflexiono inmóvil sobre el concepto de todo. ¿Que es todo? ¿Incluye partes de mí que ignoro poseer? ¿Es válido nombrar como propios músculos cuya existencia desconocía por completo hasta este triste momento en el que los siento como punzadas indescriptibles en alguna indefinible parte de mí? Me consuelo pensando que, aunque parapléjico, me estoy conociendo mejor a mi mismo.

Jueves, 9:13 hs. Logro incorporarme empleando la mitad de las energías que tenía reservadas para el resto del día. El proceso de izarme a mi mismo ha sido muy complejo y sería tedioso de describir, pero digamos que luego de girar a lentas revoluciones, he logrado llegar hasta el borde de la cama, estirar una pierna hasta el suelo, arrodillarme en el piso en posición de rezo y luego incorporarme con la ayuda de mis débiles y temblorosos brazos.

Jueves, 9:30 hs. Bañarme fue algo relativo. El agua caliente colaboró un poco con el proceso, pero estirar mis dolientes extremidades para congregar el jabón con los más recónditos parajes del resto de mi cuerpo, fue una tarea increíblemente dolorosa.

Jueves, 10:09 hs. Llegar al trabajo en auto ha sido casi más difícil que hacerlo a pie. No solo maniobrar el ahora sumamente pesado volante ha sido una tarea sanzónica, a eso se agrega que, poner la segunda marcha, me ha demandado la acción conjunta de ambas manos, con la peligrosa consecuencia de la ausencia de una de ellas en el volante, el cual debió ser manipulado por mis piernas, dando lugar a una serie de arriesgados defasajes en las funciones respectivas de mis miembros sobre los comandos del automotor.

Jueves, 15:43 hs. No sé como hice para almorzar y descolgar la ropa del tendedero. No lavaré los platos, me merezco una siesta. Seguramente el sueño amainará esta tortura.

Jueves, 17:08 hs. Despierto, trato de incorporarme, me desmayo.

Jueves, 17:12 hs. Despierto, trato de incorporarme, me vuelvo a desmayar.

Jueves, 17:15 hs. Despierto, trato de incorporarme, me desmayo por tercera vez. Me despierto, vomito sangre, lloro.

Jueves, 18:30 hs. Me tomo un Aktrón, le pido ayuda a la kioskera para llevar el vaso de agua hasta mis fauces. Ejecuto mis movimientos en cámara lenta y pienso cada uno de ellos con una precisión ajedrecística para no desperdiciar energía. Teclear parece doler. Hay objetos fuera de mí que me duelen: el escritorio, la silla, la lámpara. Podría jurar que me arde la puerta.

Jueves, 23:20 hs. Ceno, lavo los platos y leo un rato en la cama. Me duermo profundamente, sueño cosas raras dignas de otro post. Mañana todo habrá pasado y recordaré estas horas como un mal sueño, valga la redundancia.

Viernes, 8:10 hs. Suena el despertador, lo odio y odio mi vida. Siento que me arrojaron de un barranco de granito y una vez tendido sobre el duro asfalto, un doble acoplado Escania de 18 toneladas me aplastó, hizo marcha atrás y pasó por sobre mi humanidad unas 10 veces más hasta asegurarse de que ya no exista. Me pregunto si estaré con vida, si esto es el infierno, pienso en las cosas malas que hice y como debí arrepentirme a tiempo de mis horribles pecados.

Viernes, 11:56 hs. Siento que la gente me observa por mi manera de caminar y de realizar cada acción. Todo lo hago en cámara lenta. Cada vez que levanto el brazo de manera tal de formar un ángulo mayor a 30º, se me pianta una lagrimita que termino enjugando con la lengua al llegar a la comisura. Mi vida es miserable. Odio el universo, quisiera tener mis sesenta pesos de vuelta y gastarlos en un buen asado y un vinito caro.

Viernes, 15:14 hs. Me acuesto a dormir la siesta, no soporto estar en pie un minuto más. Le ruego al dios del sueño que me otorgue sanidad o al dios de la muerte que haga de este fugaz descanso uno eterno.

Viernes, 15:50 hs.
Suena el despertador. Lo apago y revoleo. Digo en voz alta que odio el despertador. Debo volver al gimnasio pero no puedo, no quiero, me niego. ¿En qué clase de infeliz me he convertido para someterme recurrentemente a semejante tortura en vida?

Viernes, 16:15 hs. Estoy en este lugar de nuevo. Hace calor. No sé como me levanté de la siesta y me movilicé hasta acá. El entrenador se burla de mi condición (les dije que era sádico el petizo) y me aplica una serie de ejercicios o simulaciones de muerte en vida. La música bolichera me taladra la sien, los mamuts chichoneados se bambolean salpicando sudor por doquier del establecimiento y sonriendo como imbéciles, la tele solo muestra los goles de San Lorenzo, que fueron dos.

Viernes, 23:55 hs. Escribir este post no me ha liberado de ningún dolor. Creo que he perdido la poca lucidez que tenía, mi leve inteligencia la he sudado y solo soy un amorfo ser que teclea arbitrariamente. Tengo miedo de dormir y despertar en repetidos desmayos. Siento que han ultrajado cada uno de mis músculos. Pienso que tal vez se escucha Arjona en algunos gimnasios para que el cerebro se distraiga del dolor físico y atienda solo las hemorragias neuronales. No te mueras nunca Ricardo, te necesitamos.