martes 19 de octubre de 2010

El Caratímida


Yo tenía 14 años cuando lo descubrí. Algunos lo desarrollan de chiquitos y viven con eso a cuestas durante toda su niñez. En realidad no es algo con lo que se carga, lo correcto sería afirmar que uno aprende a llevar adelante este aspecto de su personalidad.

Primero consideré que sería un rasgo típico de la adolescencia, fruto de ese crecimiento desproporcionado que acecha a los inestables púberes. Pero con el tiempo dicho rasgo se fue instalando en mi fisonomía y finalmente lo acepté como una parte inequívoca de mí.

El descubrimiento se sucedió el día que me sacaron una foto carnet. Fue, redundantemente, una verdadera revelación. Me pregunté durante algún tiempo, como evité percibir semejante obviedad. Al verme claramente de perfil lo descubrí: tenía la pera grande. Analizando calmadamente la situación, comprendí que no era el mentón lo prominente, sino la mandíbula la que se había adelantado.

Luego de aquella esclarecedora foto, fui corroborando mi atributo mandibular con los espejos múltiples de los ascensores, ominosa repetición de mí mismo que permitió contemplarme desde inusitados ángulos y a su vez, reflexionar largamente sobre dos cuestiones: el ominoso narcisismo que rige los montacargas, y el tormentoso concepto del infinito que se da en los espejos enfrentados, fenómeno que se repite también cuando un televisor reproduce la señal de la cámara que a su vez lo filma.

Dado que yo no tenía habitual acceso a dichos artefactos de perpetuidad espectral, descubrí la existencia en mi hogar, de un botiquín con espejos rebatibles, los cuales me permitían teledirigir los rayos ópticos según mi voluntad lo requiriese y confirmar durante horas mi abundancia maxilar.

Aparentemente no fui el único que percibió esta aparente desproporción fisonómica. Mis compañeros del colegio felizmente advirtieron la excentricidad de mi perfil, la cual utilizaron luego como alimento de sus escarnios y chanzas. Ya que a dicha edad todos padecíamos algún tipo de burla o deshonra, producto de los avatares anatómicos de la adolescencia, yo no sufrí más que el resto. Al contrario. Reconozco haber colaborado diligentemente en la humillación colectiva de otros amorfos camaradas.

Favorablemente, este atributo popeyezco no ha mellado sustancialmente mi autestima. He podido continuar viviendo con la pera en alto, a pesar de mi carácter de alfajor mal pegado y desde entonces portar orgullosamente el balcón que me asoma de la cara. He aprendido a mirar para abajo los días de lluvia para no ahogarme y evitar así pisar las baldosas sueltas o los charcos.

Al observar a mis pares perones en busca de nuevos colegas he encontrado, además de la obvia ménsula mandibular, una característica común a todos ellos. Hay un rasgo de la personalidad que nos vincula. Este descubrimiento me ha iluminado. No es que tengamos la pera grande, o la mandíbula salida. Tenemos, en realidad, la cara tímida.

Lo que sucede es que nuestra cara no se anima. Por eso somos un tanto retraídos, esquivos, miedosos, reservados. He visto escenas conmovedoras de mis cofrades, sentados en el solitario banco de una plaza, evitando miradas, leyendo un libro, o escuchando música, con sus prósperas quijadas defendiéndolos de la crueldad de la ciudad, de los vorágines achaques de la sociedad. He visto a un muchacho patalear en el agua, agitando las manos y extendiendo su mandíbula al recio oleaje, como la quilla de un barco que lucha por naufragar y se abre paso en una recia tormenta. Esto, señores, me ha conmovido de una manera honda y casi imposible de justificar.

Así pues, la timidez de cara nos ha beneficiado, otorgándonos ciertas ventajas. Nos ha sensibilizado ante el mundo. Nos ha permitido detenernos a pensar, a leer, a reflexionar. Los caratímida desciframos el silencio y dejamos que hable el desbocado. Allanándole el camino a mi humanidad, mi pera va macheteando la vida y luego mi cara, con cautela se permite percibir la atmósfera antes de opinarla. Modestamente hemos recreado esta devoción de la ternura que otorga la timidez, la oportuna inhibición de nosotros mismos, el cauteloso temblor de la voz al pronunciarnos, la estrangulada petición y la opinión asfixiada. Yo preferiré siempre a aquel Borges tartamudo, que al locuaz locutor de radio, que sin menospreciar su verborragia, saturará los taxis y los supermercados con la interminable repetición de la hora y la humedad, mientras que Jorge Luis, nos entrega mansa y discretamente su temblorosa oratoria.

Así como el narigón no tiene otra alternativa que ser gracioso, a los caratímidas sólo nos queda ejercitar nuestra timidez, retraernos sanamente, apocarnos, para que pueda germinarnos el alma, desde el sumiso y anónimo asiento de un colectivo.

3 ya abusaron de su libertad de expresión:

  1. fantástico. nada más loable que reirse de uno mismo. a partir de ahora le permito que, respetuosamente, se ría de mí. muy bueno su alumbramiento, extrañaba un escrito de estas características.

    ResponderSuprimir
  2. A pesar de que nos quieran convencer de lo contrario, la timidez es una cualidad, una virtud. Y por eso se lleva tan bien con la ternura.
    Me gustó mucho.

    ResponderSuprimir