jueves 17 de febrero de 2011

Apretá el pomo

Las etapas maduratorias del ser humano mamífero son varias. Hay numerosos indicios físicos, comportamentales y sociales que marcan la culminación de una etapa o el inicio de un nuevo ciclo en la vida de los mortales. Lamentablemente algunas costumbres se han perdido y se hace difícil distinguir entre un niño y un adulto, especialmente porque hoy se juega a la Play hasta muy grandes. Los hombres nunca dejan de usar pantalones cortos tampoco. Está complicado. No se hacen fiestas celebratorias ni ritos de bienvenida, a lo sumo un algún Barmitzva asilado, pero yo no tengo muchos amigos judíos. Habría que procurarse, en la plaza municipal, algún palo enjabonado e instituir que una vez al año se pongan a prueba las habilidades de los púberos. Se llamaría: la fiesta del macho y sería hilarante.

Para detectar el momento exacto del abandono de la infancia, la naturaleza nos ha provisto de una pauta ineludible: los pelos. Es una buena señal de que la cosa se puso seria, de que hay que dejar los autitos y empezar a afeitarnos y usar desodorante. Pero sucede que a veces los pelos tardan en aparecer e incluso su consistencia y volumen, no conforman un argumento convincente. Convengamos también que las zonas que suelen poblarse con dicha evidencia capilar, se encuentran fuera del rango visual de los transeúntes. La mejor forma de darse cuenta si un niño ha dejado de ser tal, deviene de la observación de su comportamiento durante los carnavales. No sólo del suyo, sino del de sus pares. Cuando uno deja de ser un niño, cesa inmediatamente su pulsión a tirar espuma loca. Y pareciera que los otros niños también se dan cuenta de que uno ha madurado, porque ellos tampoco te tiran ni bombuchas, ni espuma.

Si uno duda de su carácter infantil, inténtese el siguiente ejercicio: deténgase uno en una esquina durante una noche de carnaval de tal manera de transformarse en una presa fácil para el ataque. Si la horda de niños pasa a su lado sin advertir vuestra presencia y usted queda ileso de las afrentas, implica que ha cesado la condición de párvulo. No hay una explicación científica al respecto, simplemente es la mera identificación instintiva de los participantes del corso. Hay algo en nuestro semblante que nos libra de ser presas del ataque, una especie de aura que nos inmuniza.

Sabernos exentos de estas embestidas acuáticas suele prodigarnos cierto alivio, pero existe una dosis de desconsuelo y tristeza por abandonar aquellas épocas tan sencillas, donde bastaba tirarle un globo con agua a la chica que nos gustaba. No hacía falta buscar una excusa para charlar, o un protocolo para invitarla a tomar algo. El carnaval nos daba la oportunidad precisa para confesar nuestro amor y eso era todo. Gustar y ser gustado. Sólo bastaba la certeza. El mundo propiciaba la oportunidad perfecta para expresar nuestros más hondos sentimientos con solo llenarle la cabeza de espuma. Era el código más sutil. Ni salir a tomar algo, ni caminar de la mano por la calle, ni mandar flores. Era un método expeditivo y directo. Casi anónimo. El protocolo era simple. Llegaba carnaval, alguien pregonaba apretar el pomo y nosotros, diligente y obedientemente, lo hacíamos, como respondiendo al más primitivo y atávico ritual de cacería.

3 ya abusaron de su libertad de expresión:

  1. en mi caso, la imposibilidad de "asentar" un concepto cabal de adultez sobre mi comportamiento, me ha facilitado la utilización carnavalesca de la máscara. Donde para ser exactos, vivo en carnaval, y solo en carnaval (cualquier tipo de variante cultural de festejo infantil) puedo dejar de aparentar.

    Nunca dejé de ser un niño. Sin pelos en la lengua.

    ya te estoy leyendo, vas a leer varios abusos de libertad de expresión.

    ResponderSuprimir
  2. Y ahora, 20 años después, me vengo a enterar de que esos embadurnes eran señales de amor!

    ResponderSuprimir