No hay nada que baje más lo niveles de pudor de una mujer, que la mismísima maternidad. De golpe y porrazo, aquella mujer que contemplábamos atónitos en los pasillos de la facultad, en la vereda del bar, detrás del mostrador de la despensa; aquella inalcanzable e intocable dama cuyas partes pudientes procurábamos admirar si se agachaba en el ángulo correcto; partes que sólo eran accesibles a la plena contemplación de un solo y afortunado tipo al cual todos envidiábamos silenciosamente, esa misma y fisgnoneada mujer, termina por desenfundar rotundamente una teta delante de media estación de Retiro y amamanta a su recién nacido, sin que la mirada fija e incisiva de los transeúntes le cause la menor incomodidad. Sucede entonces exactamente lo contrario a lo esperado. La maternidad posee la facultad casi mística de invertir los pudores. Ahora que tenemos acceso visual ilimitado a los atributos mamarios de nuestra prójima, nos da vergüenza mirar. Nadie nos entiende. ¿Quien comprende a la raza humana? que cuando no podemos ver, ansiamos ver y cuando se nos permite contemplar, desviamos la mirada sonrojados. Diría más. Creo que ni siquiera sabemos como comportarnos en tales circunstancias. Nuestra mente intuye que algo está mal. Que debe haber una trampa en tanta generosidad, en la demostración desinteresada de tales atributos físicos a la humanidad toda. Esa filantropía mamaria es sospechosa. Por ende, evitamos mirar por temor a que, al fijar los ojos, algo malo suceda, alguna promesa apocalíptica nos devenga y nos convirtamos finalmente en estatuas de sal, se nos caigan los ojos, o nos piquen unos escorpiones. Todo, por mirones impertinentes.
No hay un código social que aclare la legitimidad del mironeo, establezca el tiempo prudencial de fijación visual, o indique algún gesto de conformidad, un guiño emitido por la receptora para que procedamos sin vergüenza. Por los menos un cabeceo de cortesía otorgando indulgencia al observador, como diciendo: “mirá nomás pibe, es un honor que te detengas, aprovechá la generosidad mientras dure”. Por eso, ante este vacío jurisprudencial respecto al comportamiento social pertinente, los hombres e incluso las mujeres que no amamantan, desconocemos la manera correcta de actuar.
Sucede, además, que la mujer que está por amamantar a su niño en algún lugar o reunión pública, jamás avisa. Ilógico y bizarro sería que la mujer ande pregonando sus intensiones lactantes a viva voz. No pretendo proponer esta costumbre dantesca, no se asusten. Digo que uno esta ahí, observando al horizonte, sin mayores pretensiones, cuando de repente se atraviesa en el campo visual de uno, una teta o dos. Nos agarran desprevenidos. Y esto sucede, porque las madres han adquirido una capacidad intrépida para desenfundar sus órganos nutricios a la orden del llanto infantil. Allí nos pescan infragantes, perdidos en cavilaciones sobre la manera más sutil y católica de desviar la mirada. Pero ya es tarde. Ya la madre nos miró y no hay gesto ni comentario que sea propicio. Cualquier movimiento de aprobación será mal visto. Cualquier señal de ternura será interpretada como una falsedad. Es posible que a la muy indecorosa no le moleste que la observen, es más, quizás estas exhibiciones públicas tengan que ver con una especie de liberación de género, pero no lo sabemos. Tampoco podemos averiguarlo, es muy riesgoso. Es muy probable que a dicha progenitora no le quede más remedio que desenfundar en plena plaza san martín, y eso en realidad la apene. Así que, a falta de recursos intempestivos del orden de “disculpe que le esté mirando los pechos señora, ¿le molesta que la siga observando en silencio, o en realidad le fastidia este bouyerismo solapado?” no queda otra, querido y estimado lector, que proceder con un acto que equilibre esa desventaja impúdica. He llegado a la conclusión, que lo más justo para todos, es que, previo acto de reverencia, nos bajemos lisa y llanamente los pantalones. Es lo más justo.
Quien sabe, tal vez nos encarcelen por mirones depravados, pero quizás, la mujer que amamanta a su pequeño comprenda la iniciativa solidaria y se sonría, ensaye ella también una reverencia y allí, en plena peatonal, logremos por un minuto, reestablecer el orden natural y prehistórico de los mamíferos sin tanto espamento.


muy bueno!!!!! =) saludos!
ResponderSuprimirDescostillado de la Risa!!!
ResponderSuprimirPropongo que si alguien encuentra a una madre piola y que no le moleste, avise por Facebook y nos demos presencia al acto humanitario de no incomodarla en su salvaje humanidad!
Una vez mas querido Ingenieri, lograste ponernos cómodos y después culparnos de boyeuristas!!
Un abrazo celoso
Intersante posición la del hombre y el seno mamario. El hombre dubitativo. cuantas preguntas a la cotidianeidad que no nos permite el tiempo para pensar
ResponderSuprimirSaludos Señor
¡Cuánta verdad! muy bueno, Felipe.
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