Yo no tengo nada contra los bebés. Me parecen unos seres bastante simpáticos que, cuando hacen gracias divierten a los adultos. A veces es entretenido levantarlos, siempre y cuando estén limpitos y perfumados, hacerles dos o tres morisquetas y, cuando empiezan a llorar, depositarlos nuevamente en el regazo de sus madres, para que éstas se ocupen de los menesteres nutricios del infante, entre otros. Hasta ahí me gustan los bebés y quizás algún día tenga uno para que me cuide en mi vejez, que de seguro transcurrirá repleta de senilidades y despotriques. El problema germina cuando me hablan sobre los bebés. No exactamente respecto a cuestiones científicas del desarrollo de las criaturas, lo cual no sería tan hastioso, sino cuando refieren anécdotas poco felices, referidas a los logros de los infantes, contadas por sus afortunados y entusiastas progenitores.
Hay básicamente dos formatos descriptivos: el escatológico y el anecdotario. En el primero, los padres cuentan con lujo de detalles, el carácter sonoro, fétido, voluminoso, frecuencial y consistente, de las deposiciones de su primogénito. En el segundo, se describen las ínfimas superaciones o mutaciones respecto al carácter casi vegetativo de los recién nacidos. Todo sonido, incluidas las manifestaciones excrementicias, guturales o estomacales, son aplaudidas por los entusiasmas adultos. Yo no entiendo a que sorprenderse de la evolución de un niño que se supone propenso a ello. Loable sería que el niño salte la soga a los tres meses o leyera las aventuras de Tom Soyer al año y medio. A ver si me hago entender. No quiero quitarle mérito a las hazañas neonatales, ni censurar despóticamente la alegría de un padre que las celebra. Digo que no es necesario gritarlo a viva voz, emulando una sorpresa que se sabe estimulada por el sentido de pertenencia. Es de esperarse que un niño con el tiempo comience a reír, a imitar sonidos, a reconocer caras, a tirar los brazos, gatear, caminar, hablar y algún día poner un taller mecánico. No conozco ninguna madre que aplauda a su hijo y lo sacuda del cachete en calidad de felicitación, mientras el señor se abrocha el último botón del mameluco y se acomoda el flequillo (miento, tal vez la madre de Papo lo haya hecho). Yo creo que hasta que el muchacho o la chica no cumplan los quince años, no hay hazaña válida que merezca ser contada en un asado. Lo único que sorprende de un niño, es que haga lo que no esperamos hasta cumplidos unos cuantos años más. Si algún día me llaman para contarme que Facundito está sentado al piano tocando un nocturno de Chopin y que hasta hace unos meses atrás el infante sólo atinaba a sacudir una maraca de plástico o aprendía a comer solito, ahí sí me caigo de bruces.
La cuestión es, por si no quedó claro, que no quiero saber: ni cuanta caca hace por día Facundito, si le sonrió a la abuela, ni cuantos dientes tenía al hacerlo, ni nada. Opino firmemente, que las anécdotas contadas sobre los niños, son un mero camuflaje para hablar sobre nosotros mismos, o para referirnos a temas tabúes. Es raro que un adulto comente sobre la bravura de sus ventosidades con orgullo, de la firmeza de sus deyecciones o de la potencia de su chorro. Desde que en primer grado nuestra madre nos retó porque usamos la palabra “pedo” en la cena de navidad, nos estamos conteniendo para hablar del tema. Esta es la oportunidad perfecta, el salvoconducto ideal que nos otorga inmunidad a la hora de hablar del pis y la caca como si fueran nuestros. Algunos padres hablan del fruto intestinal de sus niños con tanto orgullo y detención, que parecieran estar refiriéndose a sus propios nietos.
Pero no toda la culpa es del chancho, hay muchos que les dan de comer (no hablo de los niños, aunque los hay muy mugrientos). Digo que nunca falta un gil que, para hacer conversación, ande haciendo preguntas y comentarios poco atinados sobre las costumbres somníferas del niño, su legado genético, su dominio esfíntereo, su carácter capilar, etcétera.
Comprendo que llegada cierta edad los humanoides tendemos a reproducirnos y buscar la trascendencia que no alcanzamos en vida a través de la gestación. Entiendo que los bebés desatan cierta ternura casi desconocida en nosotros y que eso nos induce a desparramar anécdotas y compartir nuestra felicidad. Pero todo tiene un límite muchachos. Tampoco seamos cómplices denodados del aburriendo global. Ya bastante tenemos con Tinelli, Catastro, la liga de fútbol y los miles de encuentros cotidianos en el supermercado con mujeres que en sus carritos llevan dos paquetes de harina con la intención de hacerle torta frita al nene porque no se llevó ninguna manteria. Todo esto un sábado a la tarde. Es suficiente.


Yo tampoco tengo hijo, no los tendré, tengo a mis perros y a mis gatos, que llenan ese espacio de afecto en mi vida. Mi sobrinos, otros que ha cuidado alguns veces, mientras su spadres se divertian en carnavales o habina salido de marcha y el tio dandole la papilla. yo te entiendo, una anecdota sobre el desarrollo del niño, es mas que suficiente, y mucho menos si son comentarios escatologicos, esas cosas no se comparten. si mis sobrinos tienen un talento artsistico o de cualquier indole, por supuesto que me alegro oir de sus logros. de mis perros, aunque sean mi tesoro, solo hablo cuando alguien me pregunta o estamos compartiendo anecdotas entre amantes de lso perros y los animales, pero si no, ni hago mención alguna, salo tenga que irme a cumplir con mis deberes hacia ellos. veo que hemos padecido las mismas conversaciones sin sentido! jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja
ResponderSuprimirufa, despaternalizados!!!que ni se les ocurra hacer comentarios/descripciones de sus gatos y perros en mi presencia eh!...
ResponderSuprimirtablas serranas. si uds siguen cocinando tan rico como hasta ahora, les perdonamos que hablen de perros, gatos y sus respectivas deposiciones, aun cuando estamos comiendo. sus virtudes culinarias le han proporcionado esa inmunidad.
ResponderSuprimirsaludos!