La risa tiene algunos enemigos. La depresión es una de ellas, el cansancio es otra, las preocupaciones también atentan un poco con este ejercicio. Pero son menores, pasajeras, superables. Sin embargo hay un enemigo insalvable.Cuando uno es niño es fácil reírse por dos motivos: primero porque la risa es un don básicamente infantil y segundo porque nos reímos de casi todo. De la principal cosa que extraño reírme como cuando era niño, es de las desgracias ajenas. Un buen golpe en la ingle, un albañil que se rompe la crisma al caerse de un andamio, otro niño al que le meten un palo en la rueda de la bici, una vieja que se resbala y se cae de bruces sobre el asfalto, un señor al que su mujer lo engaña con el carnicero. De chicos no reíamos a carcajadas de estas circunstancias, ahora no. ¿Y todo eso por qué? Porque hemos desarrollado, tal vez gracias al implante de cultura religiosa, un alto y elaborado sentido de la CULPA.
Así es, el mayor enemigo de la risa es la culpa; o sea, la culpa o bien el miedo a las represalias de la risa. Esto tiene que ver con este síntoma universal de creernos protagonistas de The Truman Show y sospechar que nuestros dichos y acciones están siendo registradas y juzgadas por millones de personas, o en su defecto por un observador equivalente y omnisciente llamado Dios. Por ello, el mejor camino para reírse sin contemplaciones (justamente), es el ateísmo. Así es. Cuando uno aprende a descreer del Omnisciente, se relaja y puede burlarse tranquilamente de todos sin el menor temor a ser castigado. No es excluyente ser ateo, pero bastaría con ser un descreído de que Dios escucha todo lo que decimos. Pensándolo bien, para creer en un dios sin tales atribuciones, mejor no creer en nada y listo, sería una divinidad un tanto mediocre y escasa de marketing.
También hay que descreer de las energías compensatorias o el Karma o ambas (que tal vez son lo mismo, desconozco). Esto se entiende fácilmente. La mayoría de las veces que reprimimos la carcajada y dicha carcajada esta fundamentada en la desgracia ajena, es porque tememos que nos suceda lo mismo a nosotros, o porque si nos pasa lo mismo y previamente nos hemos reído, presentimos que va a ser mas doloroso o humillante. Es decir, nos privamos a nosotros mismos del placer de la risa, no solo por el temor a experimentar una situación similar, sino por temor a que dicha desgracia esté acompañada de humillación. Son muchos temores juntos para alguien que quiere reírse.
Hay que, definitivamente, deshacerse de las supersticiones, desaprender la culpa, desandar el camino de la paranoia y aniquilar los vestigios de la inquisición celeste.
Es como cuando uno quiere sacarle el cuero a una cuñada. Siempre hay alguno que nos pincha el globo diciendo que no hay que hablar de la gente en su ausencia. ¿Cuándo se supone que va a hablar uno de las cuñadas? Justamente es el único instante en el que podemos hablar de la pobre mina, mal o bien, pero generalmente mal porque es más gracioso y seductor. No sé. Hay un placer oculto en sacarle el cuero a la gente, un placer que como la mayoría de los placeres, suele categorizarse como malo. ¿Por qué? ¿Cuál es el principio moral que sustenta esa declaración? ¿Cuál es la conexión entre el dicho (la risa) y la consecuencia moral? Indudablemente no la hay, sólo existe en el inconciente mágico, en donde hemos creado redes que conectan supuestamente esos dichos y las consecuencias y sus leyes.
Pues no las hay. No hay conexión. No hay infierno. Porque de hecho lo pensamos. Todo el tiempo pensamos cosas que no decimos y le tememos más a la pronunciación de dichos pensamientos, como si decirlo fuera más grave o letal o definitivo. Como si al decir que María parece un lechón, se activara una alarma y quedásemos al instante registrados en una ficha cósmica, en la lista de espera de la próxima desgracia kármica. Del activo al pasivo, del haber al debe.
La idea pues es reírnos, sin la sombra de una fiscalización moral acechante, de una contaduría cósmica, del ábaco que acumula nuestras cabecitas en las unidades de lo incorrecto, en las decenas de lo indecente y en las centenas de lo inmoral. Reírnos livianos del gran hermano universal, ajenos a las amenazas infantiles del hombre de la bolsa, despojados de los mecanismos tribales fundamentales y despiojados, de una vez y para siempre, de los parásitos incorpóreos del pensamiento fantástico.


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ResponderSuprimirnadie dice AMEN?
... a que le tienen miedo?
jo jo jo jo jo Jo Jo JO
que pasa que nadie comenta
ResponderSuprimirles da cositas.....???
jo jo jo Jo Jo JO JO!
Muy buen punto de vista, jajajajajajajaja, nunca lo habia pensado así, la culpa de burlarse del otro, jajajajajaajajjaja, yo creo que yo me burlo hasta de mi mismo cuando me caigo de cul... contra el mundo, cuando me deslizo por ls piedritas sueltas en las sierras cuando paseo, porque no habría de burlarme yo de otros, ajajajajajaj
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