domingo 10 de julio de 2011

La quinta pata

Los gatos no saben ni pretenden saber lo que es el cariño. El gato es un animal básicamente ornamental, un adorno móvil con poca voluntad para aprender gracias y con un evidente desprendimiento emocional hacia la raza humana. A pesar de ello, de tanto en tanto este felino domesticado, se resigna a nuestras caricias como parte de un protocolo social. Sabe bien que somos parte esencial en su cadena alimentaria, de ahí que se limita a no ingerirnos. Somos básicamente su gallina de los huevos de oro.

Lejos, los gatos son los animales más evolucionados. De sobra nos han demostrado la capacidad que tienen para auto abastecerse y cada tanto, para hacer alarde de dicha autosuficiencia, sacan a pasear el instinto y se morfan algún que otro pajarito o algún roedor. No por hambre, por deporte. El gato es el único animal que caza por deporte y luego se atora displicentemente con medio kilo de wiskas.

Al gato no lo hemos domesticado nosotros, se ha domesticado solo, adrede. Erróneamente asumimos que el gato es nuestra mascota y nosotros sus amos. No hay nada más lejano. Somos en realidad una especie de rebaño auto infligido. Trabajamos para ellos. ¿Acaso alguna vez nos obedecen? Ellos nos dominan. ¿Se han fijado cómo nos miran? Con qué indiferencia? Arrogancia? Soberbia?

Como dije recién, al formar parte importante de su cadena alimentaria, los gatos tienen la deferencia de no asesinarnos mientras dormimos. Disimulado por ese carisma primario que tienen los peluditos, subyace un inigualable don asesino, el cual estoy convencido de que podrían ejercer cuando y como quisieran. Nada les costaría ejecutarnos con esos afiladísimos y certeros bisturís que llevan por garras, cercenándonos de par en par la yugular, aprovechando su inigualable sigilo.

Ni hablar de sus hábitos de aseo. ¿Qué necesidad tienen estos seres de limpiarse con tanta dedicación? ¿Por qué tanta prolijidad y tino en la deposición milimétrica de sus deyecciones? No hay una razón biológica ni de supervivencia para ocuparse con tanto detenimiento en la higiene personal. Eso sólo le ocurre al ser humano, el cual se baña a los fines de asegurar la continuidad de la especie.

A ver. Imaginemos que uno asiste a la cita con una mujer y nuestro lascivo cuerpo hiede asquerosamente. Olvidémonos de que esa mujer acepte acompañarnos al departamento a tomar café. Si a pesar de todo, gracias a nuestro carisma y oratoria logramos que la chica acceda y nos acompañe al aposento a los fines de concretar el acto carnal (tal vez ella comparta los mismos escasos hábitos higiénicos que nosotros), roguemos que una vez allí, la dama no encontrase nuestras deposiciones fecales desparramadas en el parquet. De hacerlo, la raza humana desaparecería del plantea de forma casi inmediata. Disculpen la gráfica.

Digamos que para el ser humano el aseo es imprescindible para vivir en sociedad y más aun, para asegurar la especie. Para el gato no. Él solo es limpio por cortesía y buen gusto. Además es conciente de la escasez de agua en el planeta, por lo cual ha optado por la limpieza en seco. Ante tal gesto, la naturaleza no ha sido menos desagradecida con él, proveyéndolo de una lengua peluda, apropiada para sus tareas de acicalamiento.

Ahora bien, el pobre animal no deja de ser tal. Al permanecer tantos miles de años sobre la superficie de la tierra, no le son ajenos algunos insalvables atabismos e instintos, por ejemplo: el referido al ruido y movilidad roedora. Todo aquello que se sacude de manera errática y preferentemente emite algún sonido rastrero, provoca la inmediata e ineludible atención del felino, el cual sale a la pronta persecución del objeto emulador. Los cables, aunque estáticos, absorben su atención y despiertan una promiscuidad masculladora, lo cual redunda en su corrosión minuciosa y posterior electrocución del animal mordedor. Luego también los ventiladores, en su vorágine, despiertan ese instinto cazador de aves, provocando la mutilación paulatina de los miembros gatunos que no cesan de ir a su poco feliz encuentro, a pesar de sus consecuencias.

Y por último está la cuestión reproductiva. El gato ya evolucionado, lucha en su fuero íntimo contra la reproducción de su propia especie. Sabe que el paso próximo en la escala evolutiva, es transmutar a la categoría de dioses. Seamos sinceros. Cuando uno los observa no deja de vislumbrar algún carácter divino; espera un acto de sobrenaturalidad, un milagro, una ascensión. El gato va en camino a la desaparición material. Pronto nos acompañaran desde su carácter meramente etéreo. A tal fin, los felinos van tomando medidas para deshacerse de su instinto sexual. El que ha escuchado a estos animales interactuar en el ámbito venéreo saben de qué se trata. No parecieran estar pasándola de lo mejor. Todo lo contrario. Los aullidos son insoportables.

Al parecer los gatos machos han desarrollado, a lo largo y ancho de su masculinidad, unas especies de minúsculas tachuelas, que a modo de anzuelo van desgarrando las partes nobles de la hembra en su afán de huir de la consumación marital. Sin ir más lejos, pareciera que se estuviesen matando. Literalmente el amor les duele.

Así pues iracundo lector: antes de matar a su gato cuando se sube a la mesa a lamer las sobras del almuerzo, recuerde que estos simpáticos felinos pronto no estarán más entre nosotros. Aprovechemos su estadía en la tierra, sus saltos ornamentales, su pasión por la aceituna, su afán por el atún, sus ojos reflectivos, su mirada indiferente, su ronroneo hedonista y su convite térmico a nuestras extremidades inferiores en las arduas noches invernales. La bolsa de agua caliente será menos carismática.

4 ya abusaron de su libertad de expresión:

  1. Fantastique! Sin desbordes, sin bordes! Muy buena Gato loco que le patina el coco!

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  2. y a vos quien te dijo q no nos degluten? Fijate que le pasa a la viejas con gatos cuando dejan de respirar!

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  3. Great again my dear friend- Abrazazos desde la loma del orto. Che, cuidado con los gatos, vos, jaj :)

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  4. Todos los gatos van al cielo :)

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